La teología académica, como cualquier otra disciplina, va experimentando cambios en el transcurso de su historia. Sus presupuestos, discursos, articulaciones y espacios se transforman al pasar el tiempo. Esto no implica una «evolución», en el sentido de un «progreso» de la tarea teológica hacia perspectivas cada vez «mejores». Por el contrario, dicho «camino» responde a las circunstancias, los avatares, los interrogantes y las problemáticas gestadas a lo largo de la historia de las sociedades y los grupos humanos. El camino es tan complejo y zigzagueante como la historia misma.