ÉTICA DEL ANTIGUO TESTAMENTO (9): LA SANTIDAD DEL SEXO PDF Imprimir E-mail
En nuestra investigación de la ética en el Antiguo Testamento encontramos que el Decálogo es un resumen de todas las áreas de nuestra responsabilidad ética. Los trabajos éticos, desde el punto de vista humano, se ocupan casi exclusivamente de cuestiones de relaciones humanas. Hemos visto que la ética bí­blica empieza con la relación con Dios. Por eso los primeros mandamientos tienen que ver con el amor hacia Dios, la adoración y el compromiso con él.

Etica del Antiguo Testamento (9):

la santidad del sexo

Mervin Breneman

 

En nuestra investigación de la ética en el Antiguo Testamento encontramos que el Decálogo es un resumen de todas las áreas de nuestra responsabilidad ética. Los trabajos éticos, desde el punto de vista humano, se ocupan casi exclusivamente de cuestiones de relaciones humanas. Hemos visto que la ética bí­blica empieza con la relación con Dios. Por eso los primeros mandamientos tienen que ver con el amor hacia Dios, la adoración y el compromiso con él. La ética bí­blica está fundada en la revelación de Dios y su aplicación práctica se basa en la relación correcta con Dios. Por eso, no solamente nos dice cómo debemos comportarnos sino también provee el cómo hacerlo.

Es importante repetir que no examinamos los Diez Mandamientos para ver cómo ser salvos; más bien porque somos redimidos queremos hacer la voluntad de Dios. Los Diez Mandamientos nos dan principios éticos que muestran cuál es la voluntad de Dios, de modo que siempre son válidos.

Ahora nos toca examinar el séptimo mandamiento: "No cometerás adulterio", que se encuentra en Exodo 20.14 y Deuteronomio 5.18. Como el sexto mandamiento enseña la santidad de la vida, el séptimo enseña la santidad del sexo. Solamente se menciona el adulterio, pero cuando investigamos su aplicación a través del Antiguo Testamento, vemos que por implicación abarca todas las aberraciones sexuales. Pues, toda distorsión del propósito de Dios en el campo sexual es un atentado contra el matrimonio. Este mandamiento recalca la santidad del matrimonio y su importancia como base de una sociedad sana. Dios quiere que los seres humanos gocen de la vida que él creó; sólo se goza plenamente de esta vida en relación con otros seres humanos, es decir, en sociedad. La ética del Antiguo Testamento es una guí­a para gozarse plenamente de la vida tanto para el individuo como para la sociedad.

El séptimo mandamiento

El mandamiento tiene dos palabras en el hebreo: lo’ tin’af (no adulterarás); es muy corto pero su explicación a través de la Biblia es amplia. La palabra "adulterio" (na’af) en hebreo se refiere a cualquier relación sexual extra-matrimonial de una mujer y a cualquier relación sexual de un hombre casado con otra mujer casada o comprometida. Fornicación (zanah) originalmente designaba cualquier tipo de relación sexual irregular e ilegal entre hombre y mujer,1 pero en el Antiguo Testamento generalmente se usa para aludir a relaciones sexuales entre personas no casadas, aunque a veces también para relaciones extra-matrimoniales de mujeres (lo que llamarí­amos adulterio). Casi siempre se refiere a mujeres, pero alude a hombres en Exodo 34.16 y Números 25.1. Esta misma raí­z se usa para referirse a prostitutas.

Aunque es cierto que el castigo era menos fuerte para el hombre que fornicaba que para el que adulteraba (para éste era la muerte), es evidente que también se prohí­be la fornicación. Vale notar que la palabra "fornicar" (zanah) aparece en uso paralelo con "adulterar" (na’af) en Oseas 4.13 y con otras palabras como "profanar", "traicionar" y "quedar impuro". En Deuteronomio 22.13-23.18 también vemos la aplicación del séptimo mandamiento a distintos aspectos de la vida cotidiana. Aunque solamente el vocablo "adulterar" (na’af) se usa en Exodo 20.14, es claro que este mandamiento, como los otros, abarca toda un área del comportamiento humano.

Nuestro contexto y el contexto antiguo

Se habla de la revolución sexual de las últimas décadas. En las pelí­culas de cine, en la televisión y en los medios de comunicación se da por sentado que hombres y mujeres pueden tener relaciones sexuales fuera del matrimonio. Según esta óptica, con la aceptación del "amor libre" hemos superado el puritanismo de los dos siglos pasados. Juntamente con este libertinaje se nota una serie de desenfrenos como el uso de drogas y el aumento de la violencia. Los que rechazan la ética bí­blica y abogan por el amor libre y todo tipo de libertinaje deben considerar el actual desbarajuste de la familia, el aumento de problemas sicológicos, el crecimiento de las aberraciones sexuales, los abortos, los divorcios y el alarmante avance del sida. Ciertamente ha habido otros factores en el crecimiento de estos males, pero sin duda mucho se debe al abandono de las normas bí­blicas para la familia y la vida sexual.

Algunas cosas han cambiado desde el tiempo del Antiguo Testamento. No habí­a tanta oportunidad para el adulterio o la fornicación en aquel entonces. Los hombres y las mujeres se casaban más jóvenes, de modo que no sufrí­an todas las presiones que sufren los adolescentes hoy dí­a. Tampoco eran bombardeados constantemente con seducciones sexuales como hacen nuestros medios de comunicación ahora.

Sin embargo, la naturaleza humana no ha cambiado. Ellos también tení­an que confrontar tentaciones. La prostitución sagrada era común entre los cananeos. Así­, la tentación de un desenfreno sexual con justificación (o racionalización) religiosa estaba presente. La pureza sexual que pide el séptimo mandamiento contrasta marcadamente con la infidelidad y la promiscuidad sexual practicadas por los cultos oficiales de los demás pueblos del antiguo Cercano Oriente.

En el contexto inmediato de los israelitas predominaban los cananeos. Según la Biblia el pueblo cananeo estaba muy corrompido sexualmente. En varios aspectos (arte, arquitectura, economí­a) la cultura cananea era mucho más desarrollada que la israelita, pero moralmente habí­a mucha corrupción. Cuando leemos de su prostitución sexual y que ellos sacrificaban infantes a sus dioses nos horrorizamos. Pensamos que nuestra cultura es mucho mejor. Sin embargo, debemos preguntarnos cómo la ve Dios. ¿Qué dirá Dios del amor libre tan ampliamente desplegado hoy dí­a? ¿Y de los miles y millones de abortos? ¿Será que nuestra cultura merece peor juicio que la del pueblo cananeo?

La Biblia no ve el sexo como malo, sino ve las aberraciones como atentados contra la sana sociedad y como desobediencia a Dios. Dios hizo el sexo como parte importante del ser humano y quiere que nos gocemos de todo lo que ha creado. Así­ el propósito de Dios para el sexo es positivo; la alienación, la caí­da, el pecado lo han corrompido y por eso hacen falta las normas que Dios da para la sana sociedad. En este artí­culo haremos un rápido repaso de cómo este mandamiento se aplicaba en el Antiguo Testamento.

La aplicación en el Libro del Pacto

El pasaje en Exodo 21.7-11 nos introduce inmediatamente en el contexto antiguo, pues todaví­a habí­a ejemplos de esclavitud, especialmente causada por deudas de la familia. Aquí­ tenemos tal caso. Pero la ley puso lí­mites; el que consiguió la señorita debí­a seguir ciertas normas. El pasaje se ha prestado para mucha discusión, pues muchos exégetas ven aquí­ un caso de poligamia. Sin embargo, el texto hebreo no dice eso. Afortunadamente la RVR traduce el hebreo bien: "Si no agradare a su señor, por lo cual no la tomó por esposa..." (v. 8). Muchas versiones siguen la Septuaginta y traducen: "por lo cual la tomó por esposa" (omitiendo el "no"). Entonces dicen que este hombre tení­a dos esposas ("otra mujer" en v. 10); pero según el texto hebreo tomó otra mujer en vez de la del v. 8. También la traducción "deber conyugal" en v. 10 se toma de la Septuaginta. La palabra hebrea es un hapax legomenon (la palabra solamente aparece aquí­); en textos paralelos de Mesopotamia se mencionan alimento, vestido y aceite como las tres necesidades de la mujer.2 Esta ley protegí­a a la mujer "esclava" del abuso de su dueño.

Exodo 22.16-17 explica qué hacer en un caso de fornicación. El hombre tení­a que casarse con la mujer, pero si ella no querí­a, igualmente él tení­a que pagar la dote. La intención de la ley es guardar la santidad del matrimonio.

El séptimo mandamiento en Leví­tico y Números

Leví­tico 18.18-30 prohí­be varias aberraciones como el adulterio (v. 20), el acto homosexual (v. 22) y la bestialidad (v. 23). El v. 24 explica que por causa de estas aberraciones Dios tuvo que castigar a las otras naciones. El v. 25 va aún más allá y dice que estas aberraciones sexuales contaminan la tierra donde vive el pueblo que las hace. La advertencia divina que sigue es muy fuerte; también nosotros hemos de tomarla en serio.

Leví­tico 19.20 indica el castigo para la fornicación (o adulterio) con una mujer esclava. La seriedad del adulterio se percibe en 20.10, donde merece la pena capital; la seriedad de la fornicación, en 21.9. Números 5.11-31 presenta un caso en el que el marido sospecha que su esposa ha sido infiel. Se prescribe algo semejante a las ordalí­as que se encuentran en las leyes de Hamurabi; no lo entendemos bien, pero evidentemente se esperaba que Dios juzgara a la culpable.

El séptimo mandamiento en Deuteronomio

Se ha mostrado que el segundo discurso de Moisés (Dt. 5-25) está organizado según el orden de los Diez Mandamientos. Los capí­tulos 5-11 tienen que ver con el primer mandamiento; en los capí­tulos 12-25 uno puede ver la agrupación de leyes en temas generales que siguen la secuencia del Decálogo. A veces se introducen temas diferentes porque la ley anterior sugirió el tema, pero la organización global del discurso sigue el orden del Decálogo. Así­ la sección de Deuteronomio 22.9 - 23.18 se ocupa de varias reglas relacionadas con el séptimo mandamiento. Son siete párrafos: 1) un párrafo transicional (22.9-11), 2) otro párrafo transicional (22.12), 3) leyes de relaciones sexuales no correctas (22.13-23.1), 4) integridad y pureza sexual (23.2-9), 5) pureza sexual y limpieza en el campamento militar (23.10-14), 6) el esclavo fugado (23.15-16), 7) leyes contra rameras y sodomitas (23.17-18).

Deuteronomio 22.5 parece empezar el mismo tema antes de terminar las implicaciones del sexto mandamiento. Se prohí­be el intento de parecerse al sexo opuesto. La ley tiene como propósito evitar el "trasvestismo" (el deseo de vestirse y actuar como uno imagina que alguien del otro sexo lo hace) y la "transexualidad" (el deseo de ser del sexo opuesto). Tener estas tendencias es el resultado de un accidente biológico o un abuso en la niñez. Quizá la persona no sea responsable por ser así­, pero es responsable por lo que hace con esta tendencia.3 Se nota la gravedad del adulterio y la fornicación en 22.22-25.

La fuerte advertencia contra "rameras" y "sodomitas" en Deuteronomio 23.17 es una prohibición absoluta de la prostitución sagrada. Las palabras hebreas que traducimos "ramera" y "sodomita" significan "santa" y "santo" porque así­ los llamaban en el culto cananeo, donde la prostitución de los dos sexos era común. Vale notar cómo una religión errónea puede involucrar desviaciones de la moralidad sexual.

Deuteronomio 24.1-4 también parece fuera de orden pues el discurso entró en asuntos del octavo mandamiento antes de terminar este tema. El pasaje se presta a mucha discusión. La construcción gramatical es importante. Nótese que todo el pasaje de vv. 1-3 constituye la prótasis de la condición. La apódosis (la regla acá) es el v. 4. De modo que el pasaje no es un mandamiento para que se divorcien; simplemente no permite que la mujer vuelva al primer esposo después de haberse casado con otro. Algunos han tratado de argumentar que el pasaje no indica que el divorcio era admitido en Israel, sino que es un caso muy especial porque el marido encontró que la mujer habí­a fornicado (o adulterado) antes. Pero aquí­ la "cosa indecente" parece no ser ni la fornicación ni el adulterio, porque estos casos son legislados en 22.13-29.

Es cierto que el Antiguo Testamento indica que el divorcio no agrada a Dios (Mal. 2.16), pero también es evidente que el divorcio era bien conocido (Lv. 21.7, 14; 22.13; Nm. 30.9; Dt. 22.19, 29; nótese el lenguaje de Is. 50.1; Jer. 3.1; Ez. 44.22). Dios puede permitir y tolerar algo aunque no es lo que él propuso. Como dijo Jesús, esto era por la dureza de sus corazones. La ley hebrea no instituyó el divorcio pero lo toleraba, en vista de la situación torcida de la condición humana, lo regulaba y puso lí­mites para evitar sus abusos.4

La aplicación en los libros históricos

Los libros históricos indican que a menudo la vida moral de Israel estaba lejos de los ideales del Decálogo. Sin embargo, se nota que la voluntad de Dios no cambiaba. Las mismas normas eran vigentes; las aberraciones sexuales fueron condenadas y castigadas. Un ejemplo de este castigo es el duro juicio sobre la casa de Elí­ porque sus hijos eran impí­os (1 S. 2.12), cometí­an pecado sexual (2.22) "y él (Elí­) no los ha estorbado" (3.13).

Otro ejemplo bien conocido es lo que hizo David: adulteró con Betsabé. Nos preguntamos cómo un hombre tan ejemplar como David habrí­a cometido tal pecado. La verdad es que todo ser humano es pecador, es capaz de hacer los peores pecados. Además, en las otras naciones de aquel tiempo tales actos eran comunes entre los reyes, pues ellos tení­an todo poder para tomar las mujeres que quisiesen. Pero en las otras naciones ningún profeta hubiera podido confrontar al rey con una demanda ética como hizo el profeta Natán (2 S. 12). El pecado fue condenado, David se arrepintió y fue perdonado. Sin embargo, el autor de 2 Samuel ocupa los capí­tulos siguientes (12-20) para mostrar los resultados en violaciones, homicidios, fratricidios, sublevaciones y un constante desbarajuste en la familia de David.

El autor de 1 Reyes también dice que las mujeres de Salomón "desviaron su corazón" (11.3). Las consecuencias funestas afectaban toda la sociedad y la nación de Israel, pues creció la injusticia social y el reino se dividió.

El séptimo mandamiento en la literatura sapiencial

El tema de matrimonio y sexo abunda en los libros sapienciales. El libro de Proverbios podrí­a llamarse un comentario sobre el quinto y el séptimo mandamientos. Notemos algunos ejemplos. Proverbios 2.18-19 es una advertencia contra la fornicación y el adulterio. En 6.32-33 hallamos otra advertencia: "Mas el que comete adulterio es falto de entendimiento; corrompe su alma el que tal hace" (v. 32). Según 30.20 el sexo libre hace que el acto sexual pierda su misticismo: "El proceder de la mujer adúltera es así­: Come, y limpia su boca y dice: No he hecho maldad". Se toma como cualquier otra función corporal.

Cuando Job afirma su integridad, en Job 31, se ve que entendí­a la sicologí­a del adulterio y por lo tanto sabí­a qué pasos debí­a evitar. Nótense los tres pasos: "Hice pacto con mis ojos..." (v. 1); "Si mis pasos se apartaron del camino, si mi corazón se fue tras mis ojos" (v. 7); "Si fue mi corazón engañado acerca de mujer, y si estuve acechando a la puerta de mi prójimo" (v. 9).

El séptimo mandamiento también tiene su lado positivo: la santidad del sexo y el propósito de Dios es que los seres humanos disfruten y gocen del sexo. La pequeña alegre alegorí­a de Proverbios 5.15-21 lo celebra: "Y alégrate con la mujer de tu juventud, como cierva amada y graciosa gacela. Sus caricias te satisfagan en todo tiempo" (vv. 18-19). Cantar de los Cantares festeja esta santidad del sexo y elogia la dignidad y la hermosura del amor divino en el matrimonio. Este libro parece ser una colección de cantos usados en las bodas. Su presencia en el canon de libros sagrados indica que el propósito de Dios para los seres humanos incluye este aspecto de su vida. En el próximo artí­culo hablaremos más de esto.

Los profetas

Los profetas predicaron las mismas normas éticas que encontramos en el Pentateuco. Se nota cómo ellos acusaron a la gente de quebrantar los mandamientos indirectamente por medio de estructuras sociales y económicas. Pusieron la injusticia, que quebrantaba el sexto y el octavo mandamientos, en el mismo nivel que el adulterio. Así­ Amós predicó la condenación de Israel porque "Pisotean en el polvo de la tierra las cabezas de los desvalidos, y tuercen el camino de los humildes; y el hijo y su padre se llegan a la misma joven, profanando mi santo nombre" (2.7). Muchos pasajes de los otros profetas indican la misma condenación del adulterio (Ez. 16.38; Mal. 2.15-16). También usan la relación de matrimonio como analogí­a de la relación entre Dios y su pueblo, y llaman "adulterio" a su infidelidad a Dios (Is. 54.5-6; Jer. 2.1-3; 3.14; Os. 2.19-20).

El séptimo mandamiento en el Nuevo Testamento

Los profetas ya apuntan en la dirección del Nuevo Testamento. Vemos la misma analogí­a entre el matrimonio y la relación entre Cristo y la iglesia (Ap. 19.7) Esta relación se refleja en el amor familiar (Ef. 5.21-33).

Jesús habló mucho sobre los detalles del séptimo mandamiento; lo radicalizó y lo profundizó: "Oí­steis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón" (Mt. 5.27-28). Todo el párrafo (Mt. 5.27-32) indica la seriedad con que Jesús aplicó este mandamiento. Lo mismo sucede a través del Nuevo Testamento. Pablo explica por qué la fornicación (y el adulterio) es un delito tan serio: el acto sexual une dos personas de una manera que va más allá de lo meramente fí­sico (1 Co. 6.15-20).

Conclusión

En este número apenas tuvimos espacio para una investigación rápida del séptimo mandamiento a través de la Biblia. En el próximo veremos algo más sobre su lado positivo y sobre algunas de las aberraciones. Es claro que el propósito principal de este mandamiento es mantener la santidad de la familia y del sexo. Si gran parte del desbarajuste social hoy dí­a es un resultado de la pérdida o el descuido de esta "santidad", entonces el camino de sanidad para la sociedad será recobrar esta norma que Dios en su sabidurí­a y amor dio a la humanidad

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Notas

1 Jenni y Westermann, Diccionario teológico manual del Antiguo Testamento, Cristiandad, Madrid, 1978, p. 725.

2 Ver Walter Kaiser, Toward Old Testament Ethics, Zondervan, Grand Rapids, 1983, p. 185.

3 Lewis Smedes, Sexologí­a para cristianos, Caribe, Miami, 1982, pp. 64-66.

4 Kaiser, Toward Old Testament Ethics, pp. 200-201.

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