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BOGOTí (alc). En el Congreso de Colombia elegido el domingo 8 de marzo próximo pasado fueron nombrados una senadora y dos representantes evangélicos. En las elecciones parlamentarias se eligieron 102 senadores y 161 miembros de la Cámara de Representantes, que ejercerán su mandato hasta comienzos del siglo 21.
La evangélica y liberal Viviane Morales fue elegida al Senado con una votación de 40.582 sufragios. Su movimiento «Frente de Esperanza» no es confesional y probablemente recibió votos tanto de evangélicos como de liberales católicos o no creyentes.
Anteriormente, Viviane Morales fue elegida miembro de la dirección nacional del Partido Liberal y este hecho fue cuestionado por algunos sectores, ya que ese organismo apoya al candidato presidencial Horacio Serpa, que para muchos representa el continuismo de la administración del presidente Ernesto Samper.
Viviane Morales es miembro de la Cámara de Representantes saliente y fue gestora de lo que el presidente Samper califica como «Concordato Evangélico», que establece ciertos derechos para las iglesias evangélicas y que algunos analistas interpretan como una repartición de privilegios que antes eran exclusivos de la Iglesia Católica Romana.
Como resultado de las elecciones, en la Cámara Baja hay dos diputados evangélicos: la actriz de televisión Nelly Moreno, de la Iglesia Casa sobre la Roca y el pastor César Castellanos, de la Iglesia Carismática Internacional, una de las más grandes de Colombia. La primera recibió 29.645 votos y Castellanos 33.854. Castellanos y su esposa Claudia, que fue senadora hace cuatro años y que esta vez postuló también al Senado, se presentaron como candidatos del Partido Nacional Cristiano.
El Movimiento Unión Cristiana perdió, en cambio, el senador y el representante que tenía en el parlamento que termina su periodo. El senador Jaime Ortiz Hurtado, que postuló a la reelección, no fue elegido, quizá porque la estrategia de presentar dos listas al Senado dispersó su votación. Tampoco fue reelegido el pastor Collin Crawford, actual diputado.
Estos resultados indican un cambio en la orientación del sufragio evangélico. En el primer Congreso después de la Asamblea Constituyente de 1991 estuvieron presentes los partidos Nacional Cristiano y Unión Cristiana.
En el periodo que termina solamente hubo parlamentarios de Unión Cristiana y en el nuevo parlamento sólo hay legisladores del Partido Nacional Cristiano. Esto indica cierto desgaste del confesionalismo, porque su gestión, aunque positiva en aspectos puntuales, no alcanza a ser significativa dentro del panorama político colombiano, anotaron algunos observadores. Además, opinan, algunos candidatos cayeron en la tentación del clientelismo y su quehacer político, antes que profético, fue meramente decorativo.
En las elecciones del domingo 8 de marzo se destacó el triunfo de la senadora liberal independiente Ingrid Betancurt Pullecio, dura crítica de la administración Samper y dirigente de un movimiento denominado «Oxígeno» para la política colombiana.
Derroteros para la participación
política de los evangélicos
en Colombia
Hugo Liévano
BOGOTA (alc). En un amplio análisis sobre la participación de los evangélicos en la política colombiana, el teólogo Pablo Moreno concluye que «si la tarea inmediata es elaborar una plataforma política evangélica, ésta debe tomar en cuenta la dinámica propia del pueblo evangélico».
Este, agrega, «en muchos casos ha tomado partido por aquellos líderes políticos que responden más de cerca y de manera inmediata a sus expectativas».
Además, puntualiza Moreno, una plataforma política elaborada por los líderes evangélicos «debe reconocer la necesidad de ir más allá de las reivindicaciones y las promesas de mejores tiempos para la iglesia, y abarcar la problemática sentida en torno a problemas como la paz, la guerra, el narcotráfico, la corrupción, etc.».
En su trabajo titulado Evangélicos y política en perspectiva histórica, Moreno señala también que «es sintomático que el electorado que llevó a los evangélicos a la Constituyente haya ido disminuyendo con el pasar de estos seis años». Es posible, opina, que los políticos evangélicos estén respondiendo cada vez menos a las expectativas del pueblo evangélico o que ese electorado comparta el escepticismo generalizado del pueblo colombiano hacia el bipartidismo, que aunque en crisis, sigue siendo hegemónico en el quehacer político colombiano.
Señala en su estudio que a partir de los años 50 el protestantismo en Colombia, y en general en América Latina, presentó cambios importantes en su práctica social y política, antes caracterizada por el tradicionalismo religioso y una participación política diversa, sin cohesión.
En 1950, anota, apareció la Confederación Evangélica de Colombia (CEDEC), que llegó a agrupar al 90 por ciento de los protestantes colombianos y que emitió importantes pronunciamientos sobre hechos políticos, como la violencia, la persecución de los evangélicos y lademanda de los derechos civiles y religiosos.
En estos años hubo un crecimiento notorio del número de evangélicos, que pasaron de 10.278 en 1950 a 67.101 miembros comulgantes en 1965. En los años siguientes se produjo una ruptura en la relación promovida por CEDEC, con el crecimiento del pentecostalismo, caracterizado por la autoridad fuerte del pastor, la lucha por reivindicaciones religiosas exclusivamente y la alianza con sectores políticos que ofrecían beneficios populares. Esa tendencia se manifestó en el apoyo pentecostal masivo a Gustavo Rojas Pinilla en 1970.
Esta actitud no es peculiar del pentecostalismo colombiano, ya que también se manifestó en Chile, durante el gobierno de Augusto Pinochet, y en Guatemala, con el régimen de Ríos Montt, señala Moreno. En Colombia se repitió con el apoyo pentecostal a la candidatura de Alfonso López Michelsen, en 1970, que ofreció exonerar de impuestos a todas las iglesias.
Por otra parte, anota Moreno, el protestantismo ligado a la tradición liberal del siglo 19 pasó de la lucha por reivindicaciones religiosas a «la lucha por reivindicaciones sociales en el marco de la crisis que el modelo de desarrollo liberal significó para América Latina».
Esta tendencia, dice, se articuló a sectores de clase media revolucionaria en los años 60, formando grupos como La Rosca, de origen presbiteriano, dirigido por los pastores Gonzalo Castillo y Augusto Libreros, que fueron expulsados de su iglesia y se vincularon luego al Frente Unido del sacerdote Camilo Torres.
Esta opción política evolucionó posteriormente hacia la formación de grupos armados, que enfrentaron la acción represiva del gobierno, o se orientó hacia la formación de movimientos campesinos y reivindicativos, que han sido marginados por las estructuras evangélicas que, en esos años, consideraban peligroso participar en política, sobre todo si esa participación era de tendencia izquierdista.
Aunque el grueso del protestantismo tradicional continuó en CEDEC, la atomización del mundo evangélico, acelerada en los años 80 por la aparición de grupos neopentecostales que han inundado los cinturones de miseria de las ciudades y aun barrios de clase media, ha restado representatividad a esa organización.
La principal expresión política de esta corriente neopentecostal es el Partido Nacional Cristiano, que tuvo un representante en la Constituyente de 1991 y participación en el Congreso siguiente.
El sector mayoritario del protestantismo está congregado en CEDECOL, nombre adoptado por CEDEC después de unirse a ella los grupos pentecostales «clásicos». La expresión política de CEDECOL es el Movimiento Unión Cristiana, que ha intentado elaborar un programa del estado, la sociedad, la economía, con fundamento bíblico.
Moreno estima que a pesar de sus diferencias estas expresiones políticas del protestantismo colombiano tienen prácticas que no difieren en el fondo, pues no han sido ajenas al uso del clientelismo.
Además, según él, su adhesión al Partido Liberal refleja una adecuación al corporativismo político y social que caracteriza la realidad colombiana y que por su continuismo obstaculiza los intentos de cambio de las estructuras políticas.F
Teólogo Samuel Escobar opina sobre la intervención evangélica en la política latinoamericana
ORURO (alc). El teólogo bautista peruano Samuel Escobar declaró que la intervención evangélica en la política latinoamericana es«inevitable", tanto por el crecimiento numérico de los creyentes como por la posición destacada que muchos de ellos tienen en la sociedad.
Escobar vino a Oruro para participar en las celebraciones del centenario de la Iglesia Bautista de Bolivia. Entrevistado por ALC, Escobar subrayó la inevitabilidad de la participación política de los evangélicos, pero agregó que el problema estriba en hacer que el estilo de esa participación «refleje las convicciones evangélicas, teológicas y éticas". En esto, anotó, hay todavía mucho trabajo por hacer.
Existe una ética protestante forjada en Europa y Norteamérica, señaló. Pero nuestro contexto es diferente y debemos trabajar una ética política que derive de nuestra fe. Esto sería un campo importante de la capacitación de los que van a ser políticos. La tarea política es una actividad específica, señaló. Requiere ciertas capacidades y cierta técnica. Hay evangélicos que han entrado a la política por popularidad, pero sin capacitación, y hacen un papel muy triste. Es importante que al corregir los errores vayamos desarrollando una ética política evangélica.
Interrogado sobre la experiencia peruana, donde hubo una presencia evangélica importante en el parlamento, Escobar señaló que esa experiencia no ha sido positiva, en parte por la falta de experiencia política de los parlamentarios evangélicos, que ha determinado una completa pasividad.
Los congresistas que vienen del campo evangélico, dijo, no han presentado hasta ahora ninguna propuesta, ningún proyecto de ley que de alguna manera refleje la fe evangélica. «Me parece que estamos retrocediendo,» estimó Escobar al recordar la brillante actuación de José Ferreira, que durante muchos años fue el único senador evangélico, y la de Pedro Arana, que participó en la Asamblea Constituyente de 1979.
Respecto a la creación de un partido confesional evangélico, Escobar opinó que es «muy peligroso», porque da la impresión de que si uno es evangélico tiene que votar por ese partido, y esto coarta la libertad de elección. Y si ese partido no tiene un programa adecuado, entonces cualquier persona consciente votará por otro partido, acotó.
Por otra parte, señaló, la participación en otros partidos demanda mucha madurez y ética. Me parece que es un mejor camino, pero la tarea política mete a las personas en situaciones muy ambiguas, en las que no está claro el bien o el mal. Por eso tenemos que aprender que el participar en la vida pública requiere de nosotros madurez, requiere estar en el mundo sin ser del mundo, como decía Jesus.
Hay, añadió, ideologías que tienen elementos que van contra los fundamentos de la fe y que el político evangélico va a rechazar. Pero hay programas por los que el evangélico puede luchar y trabajar, aunque no comparta otros aspectos de una plataforma política. Esto exige mucha sabiduría para separar aquellas cosas en las que el evangélico está cien por ciento a favor y aquellas que tiene que tolerar, no porque esté a favor, sino porque es una exigencia de su militancia política.
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